Juan 8,1-11 (5 Cuaresma – C)
Por su parte, Jesús se retiró al monte de los Olivos. Al amanecer se presentó de nuevo en el templo, y todo el pueblo acudía a él, y, sentándose, les enseñaba. Los escribas y los fariseos le traen una mujer sorprendida en adulterio, y, colocándola en medio, le dijeron: «Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras; tú, ¿qué dices?». Le preguntaban esto para comprometerlo y poder acusarlo. Pero Jesús, inclinándose, escribía con el dedo en el suelo. Como insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo: «El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra». E inclinándose otra vez, siguió escribiendo. Ellos, al oírlo, se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos. Y quedó solo Jesús, con la mujer en medio, que seguía allí delante. Jesús se incorporó y le preguntó: «Mujer, ¿dónde están tus acusadores?; ¿ninguno te ha condenado?». Ella contestó: «Ninguno, Señor». Jesús dijo: «Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más».
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José Antonio Pagola
AMIGO DE LA MUJER
Sorprende ver a Jesús rodeado de tantas mujeres: amigas
entrañables como María Magdalena o las hermanas Marta y María de Betania.
Seguidoras fieles como Salomé, madre de una familia de pescadores. Mujeres
enfermas, prostitutas de aldea... De ningún profeta se dice algo parecido.
¿Qué encontraban en él las mujeres?, ¿por qué las atraía
tanto? La respuesta que ofrecen los relatos evangélicos es clara. Jesús las
mira con ojos diferentes. Las trata con una ternura desconocida, defiende su
dignidad, las acoge como discípulas. Nadie las había tratado así.
La gente las veía como fuente de impureza ritual. Rompiendo
tabúes y prejuicios, Jesús se acerca a ellas sin temor alguno, las acepta en su
mesa y hasta se deja acariciar por una prostituta agradecida.
La sociedad las consideraba como ocasión y fuente de pecado;
desde niños se les advertía a los varones para no caer en sus artes de
seducción. Jesús, sin embargo, pone el acento en la responsabilidad de los
varones: «Todo el que mira a una mujer deseándola, ya ha cometido adulterio en
su corazón».
Se entiende su reacción cuando le presentan a una mujer
sorprendida en adulterio, con intención de lapidarla. Nadie habla del varón. Es
lo que ocurría siempre en aquella sociedad machista. Se condena a la mujer
porque ha deshonrado a la familia y se disculpa con facilidad al varón.
Jesús no soporta esta hipocresía social construida por el
dominio de los varones. Con sencillez y valentía admirables, pone verdad,
justicia y compasión: «El que esté sin pecado, que arroje la primera piedra».
Los acusadores se retiran avergonzados. Saben que ellos son los más
responsables de los adulterios que se cometen en aquella sociedad.
Jesús se dirige a aquella mujer humillada con ternura y
respeto: «Tampoco yo te condeno». Vete, sigue caminando en tu vida y, «en
adelante, no peques más». Jesús confía en ella, le desea lo mejor y le anima a
no pecar. Pero de sus labios no saldrá condena alguna.
¿Quién nos enseñará a mirar hoy a la mujer con los ojos de
Jesús?, ¿quién introducirá en la Iglesia y en la sociedad la verdad, la
justicia y la defensa de la mujer al estilo de Jesús?