MATEO 16, 21-27 (22 Tiempo ordinario
– A)
Desde entonces comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos
que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los ancianos,
sumos sacerdotes y escribas, y que tenía que ser ejecutado y resucitar al
tercer día. Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo: «¡Lejos de ti
tal cosa, Señor! Eso no puede pasarte». Jesús se volvió y dijo a Pedro:
«¡Ponte detrás de mí, Satanás! Eres para mí piedra de tropiezo, porque tú
piensas como los hombres, no como Dios». Entonces dijo a los discípulos:
«Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y
me siga. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero el que la
pierda por mí, la encontrará. ¿Pues de qué le servirá a un hombre ganar el
mundo entero, si pierde su alma? ¿O qué podrá dar para recobrarla? Porque
el Hijo del hombre vendrá, con la gloria de su Padre, entre sus ángeles, y
entonces pagará a cada uno según su conducta.
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APRENDER DE JESÚS LA
ACTITUD ANTE EL SUFRIMIENTO
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Pocos aspectos del mensaje evangélico han sido tan
distorsionados como la llamada de Jesús a «tomar la cruz». De ahí que no pocos
cristianos tengan ideas bastante confusas sobre la actitud cristiana ante el
sufrimiento. Recordemos algunos datos que no hemos de ignorar, si queremos
seguir al Crucificado con mayor fidelidad.
En Jesús no encontramos ese sufrimiento que hay tantas veces
en nosotros, generado por nuestro propio pecado o nuestra manera desacertada de
vivir. Jesús no ha conocido los sufrimientos que nacen de la envidia, el
resentimiento, el vacío interior o el apego egoísta a las cosas y a las
personas. Hay, por tanto, en nuestra vida un sufrimiento (según los expertos,
puede llegar en algunas personas al 90% de lo que sufren) que hemos de ir
eliminando precisamente si queremos seguir a Jesús.
Por otra parte, Jesús no ama ni busca arbitrariamente el
sufrimiento ni para él ni para los demás, como si el sufrimiento encerrara algo
especialmente grato a Dios. Es un error creer que uno sigue más de cerca a
Cristo porque busca sufrir arbitrariamente y sin necesidad alguna. Lo que
agrada a Dios no es el sufrimiento, sino la actitud con que una persona asume
el sufrimiento en seguimiento fiel a Cristo.
Jesús, además, se compromete con todas sus fuerzas para hacer
desaparecer en el mundo el sufrimiento. Toda su vida ha sido una lucha
constante por arrancar al ser humano de ese padecimiento que se esconde en la
enfermedad, el hambre, la injusticia, los abusos, el pecado o la muerte.
El que quiera seguirle no podrá ignorar a los que sufren. Al
contrario, su primera tarea será quitar sufrimiento de la vida de los hombres.
Como ha dicho un teólogo, «no hay derecho a ser feliz sin los demás ni contra
los demás» (Ignacio Larrañeta).
Por último, cuando Jesús se encuentra con el sufrimiento
provocado por quienes se oponen a su misión, no lo rehúye, sino que lo asume en
actitud de fidelidad total al Padre y de servicio incondicional a los hombres.
Antes que nada, «tomar la cruz» es seguir fielmente a Jesús y
aceptar las consecuencias dolorosas que se seguirán, sin duda, de este
seguimiento. Hay rechazos, padecimientos y daños que el cristiano ha de asumir
siempre. Es el sufrimiento que solo podríamos hacer desaparecer de nuestra
vida, dejando de seguir a Cristo. Ahí está para cada uno de nosotros la cruz
que hemos de llevar siguiendo sus pasos.
José Antonio Pagola


