Mateo 11,25-30 (14 Tiempo ordinario – A)
En aquel momento tomó la palabra Jesús y dijo: «Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, así te ha parecido bien. Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar. Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera».
DIOS ES PARA GENTE
SENCILLA
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Fue hace muchos años, en L’École Biblique de
Jerusalén, un maestro de exégesis nos iniciaba en el difícil arte de
desentrañar el evangelio de Mateo. Todo parecía poco para captar el sentido
último del texto: crítica textual, análisis literario, estructura del pasaje.
Un día llegamos a esos versículos en los que Jesús exclama: «Te doy gracias,
Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y
entendidos y las has revelado a la gente sencilla». El profesor hizo un largo
silencio. Después nos dijo muy despacio: «No olviden nunca estas palabras. Todo
lo demás lo pueden olvidar». Fue probablemente la mejor lección de exégesis que
he recibido nunca. Luego, a lo largo de los años, he podido ver que es así.
Siempre que he tenido la impresión de estar junto a
una persona cercana a Dios, ha sido alguien de corazón sencillo. A veces una
persona sin grandes conocimientos, otras alguien de notable cultura, pero
siempre un hombre o mujer de alma humilde y limpia.
En más de una ocasión he podido comprobar que no basta
hablar de Dios para que se despierte la fe. Para mucha gente, ciertos conceptos
religiosos están muy gastados, y aunque uno trate de sacarles todo el vigor y
sabor que tuvieron en su origen, Dios sigue como «fosilizado» en sus conciencias.
Sin embargo, me he encontrado con gentes sencillas que no parecen necesitar
grandes ideas ni razonamientos. Intuyen enseguida que Dios es «un Dios oculto»,
y de su corazón nace espontánea una invocación: «Señor, muéstrame tu rostro».
Me he encontrado también con personas que se mueven
siempre en el terreno de lo útil. Algunas abandonan a Dios porque les resulta
perfectamente inútil; otras le retienen y dan culto porque les sirve. Sin
embargo, he podido conocer a gentes sencillas que viven dando gracias a Dios.
Disfrutan de lo bueno de la vida, soportan con paciencia los males; saben vivir
y hacer vivir. No sé cómo lo logran, pero de su corazón parece estar siempre
brotando la alabanza al Creador. Su vida es un acierto.
He expuesto muchas veces temas religiosos y he hablado
de Dios ante gentes muy diversas. En ocasiones me he encontrado con personas
que planteaban preguntas y más preguntas sobre toda clase de cuestiones
teológicas, sin mostrar el menor interés por encontrarse con Dios. Pero he
visto también a gente sencilla cuyos ojos brillaban de forma especial cuando yo
leía textos como este del profeta Isaías: «Yo soy el Señor, tu Dios… Tú eres de
gran precio a mis ojos, eres valioso y yo te quiero… No temas, que estoy
contigo» (Isaías 43,4); o cuando pronunciaba el Salmo 103: «Como un padre
siente ternura por sus hijos, así siente ternura el Señor por quienes le temen.
Pues él sabe de qué estamos hechos, se acuerda de que somos barro» (Salmo
103,13-14). Sí, Dios se revela a gente sencilla.
José Antonio Pagola


