Juan 3,16-18 (Santísima Trinidad –A)
Porque tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Unigénito de Dios
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DIOS ES DE
TODOS
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Pocas frases habrán sido tan citadas como esta que el
evangelio de Juan pone en labios de Jesús. Los autores ven en ella un resumen
de lo esencial de la fe, tal como se vivía entre no pocos cristianos a
comienzos del siglo II: «Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único».
Dios ama al mundo entero, no solo a aquellas comunidades
cristianas a las que ha llegado el mensaje de Jesús. Ama a todo el género
humano, no solo a la Iglesia. Dios no es propiedad de los cristianos. No ha de
ser acaparado por ninguna religión. No cabe en ninguna catedral, mezquita o
sinagoga.
Dios habita en todo ser humano acompañando a cada persona en
sus gozos y desgracias. A nadie deja abandonado, pues tiene sus caminos para
encontrarse con cada cual, sin que tenga que seguir necesariamente los que
nosotros le marcamos. Jesús le veía cada mañana «haciendo salir su sol sobre
buenos y malos».
Dios no sabe ni quiere ni puede hacer otra cosa sino amar,
pues en lo más íntimo de su ser es amor. Por eso dice el evangelio que ha
enviado a su Hijo, no para «condenar al mundo», sino para que «el mundo se
salve por medio de él». Ama el cuerpo tanto como el alma, y el sexo tanto como
la inteligencia. Lo único que desea es ver ya, desde ahora y para siempre, a la
humanidad entera disfrutando de su creación.
Este Dios sufre en la carne de los hambrientos y humillados
de la tierra; está en los oprimidos defendiendo su dignidad, y en los que
luchan contra la opresión alentando su esfuerzo. Está siempre en nosotros para
«buscar y salvar» lo que nosotros estropeamos y echamos a perder.
Dios es así. Nuestro mayor error sería olvidarlo. Más aún.
Encerrarnos en nuestros prejuicios, condenas y mediocridad religiosa,
impidiendo a las gentes cultivar esta fe primera y esencial. ¿Para qué sirven
los discursos de los teólogos, moralistas, predicadores y catequistas si no
despiertan la alabanza al Creador, si no hacen crecer en el mundo la amistad y
el amor, si no hacen la vida más bella y luminosa, recordando que el mundo está
envuelto por los cuatro costados por el amor de Dios?
José Antonio Pagola


