Mateo 21,33-43 (27 Tiempo ordinario – A)
Escuchad otra parábola: «Había un propietario que plantó una
viña, la rodeó con una cerca, cavó en ella un lagar, construyó una torre, la
arrendó a unos labradores y se marchó lejos. Llegado el tiempo de los frutos,
envió sus criados a los labradores para percibir los frutos que le
correspondían. Pero los labradores, agarrando a los criados, apalearon a uno,
mataron a otro y a otro lo apedrearon. Envió de nuevo otros criados, más que la
primera vez, e hicieron con ellos lo mismo. Por último, les mandó a su hijo
diciéndose: “Tendrán respeto a mi hijo”. Pero los labradores, al ver al hijo se
dijeron: “Este es el heredero: venid, lo matamos y nos quedamos con su
herencia”. Y agarrándolo, lo sacaron fuera de la viña y lo mataron. Cuando
vuelva el dueño de la viña, ¿qué hará con aquellos labradores?». Le contestan:
«Hará morir de mala muerte a esos malvados y arrendará la viña a otros
labradores que le entreguen los frutos a su tiempo». Y Jesús les dice: «¿No
habéis leído nunca en la Escritura: “La piedra que desecharon los arquitectos
es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro
patente”? Por eso os digo que se os quitará a vosotros el reino de Dios y se
dará a un pueblo que produzca sus frutos.
____________
EL PELIGRO DE AHOGAR LA
VOZ DE LOS PROFETAS
____________
Cuando el año 70 las tropas romanas destruyeron Jerusalén y
el pueblo judío desapareció como nación, los cristianos hicieron una lectura
terrible de este trágico hecho. Israel, aquel pueblo tan querido por Dios, no
ha sabido responder a sus llamadas. Sus dirigentes religiosos han ido matando a
los profetas enviados por él; han crucificado, por último, a su propio Hijo.
Ahora, Dios los abandona y permite su destrucción: Israel será sustituido por
la Iglesia cristiana.
Así leían los primeros cristianos la parábola de los
«viñadores homicidas», dirigida por Jesús a los sumos sacerdotes de Israel. Los
labradores encargados de cuidar la «viña del Señor» van matando uno tras otro a
los criados que él les envía para recoger los frutos. Por último matan también
al hijo del propietario, con la intención de suprimir al heredero y quedarse
con la viña. El señor no puede hacer otra cosa que darles muerte y entregar su
viña a otros labradores más fieles.
Esta parábola no fue recogida por los evangelistas para
alimentar el orgullo de la Iglesia, nuevo Israel, frente al pueblo judío,
derrotado por Roma y dispersado por todo el mundo. La preocupación era otra:
¿le puede suceder a la Iglesia cristiana lo mismo que le sucedió al antiguo
Israel? ¿Puede defraudar las expectativas de Dios? Y si la Iglesia no produce
los frutos que él espera, ¿qué caminos seguirá Dios para llevar a cabo sus
planes de salvación?
El peligro siempre es el mismo. Israel se sentía seguro:
tenían las Escrituras Sagradas; poseían el templo; se celebraba
escrupulosamente el culto; se predicaba la Ley; se defendían las instituciones.
No parecía necesario nada nuevo. Bastaba conservarlo todo en orden. Es lo más
peligroso que le puede suceder a una religión: que se ahogue la voz de los
profetas y que los sacerdotes, sintiéndose los dueños de la «viña del señor»,
quieran administrarla como propiedad suya.
Es también nuestro peligro. Pensar que la fidelidad de la
Iglesia está garantizada por pertenecer a la Nueva Alianza. Sentirnos seguros
por tener a Cristo en propiedad. Sin embargo, Dios no es propiedad de nadie. Su
viña le pertenece solo a él. Y si la Iglesia no produce los frutos que él
espera, Dios seguirá abriendo nuevos caminos de salvación.
José Antonio
Pagola


