Mateo 5,13-16 (5 Tiempo ordinario – A)
En aquel tiempo, dijo
Jesús a sus discípulos:
Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve
sosa, ¿con qué la salarán? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la
gente. Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad
puesta en lo alto de un monte. Tampoco se enciende una lámpara para
meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a
todos los de casa. Brille así vuestra luz ante los hombres, para que vean
vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos.
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José Antonio Pagola
DAR SABOR A LA VIDA
Una de las tareas más urgentes de la Iglesia de hoy y de
siempre es conseguir que la fe llegue a los hombres como «buena noticia».
Con frecuencia entendemos la evangelización como una tarea
casi exclusivamente doctrinal. Evangelizar sería llevar la doctrina de
Jesucristo a aquellos que todavía no la conocen o la conocen de manera
insuficiente.
Entonces nos preocupamos de asegurar la enseñanza religiosa y
la propagación de la fe frente a otras ideologías y corrientes de opinión.
Buscamos hombres y mujeres bien formados, que conozcan perfectamente el mensaje
cristiano y lo transmitan de manera correcta. Tratamos de mejorar nuestras
técnicas y organización pastoral.
Naturalmente, todo esto es importante, pues la evangelización
implica anunciar el mensaje de Jesucristo. Pero no es esto lo único ni lo más
decisivo. Evangelizar no significa solo anunciar verbalmente una doctrina, sino
hacer presente en la vida de las gentes la fuerza humanizadora, liberadora y
salvadora que se encierra en el acontecimiento y la persona de Jesucristo.
Entendida así la evangelización, lo más importante no es
contar con medios poderosos y eficaces de propaganda religiosa, sino saber
actuar con el estilo liberador de Jesús.
Lo decisivo no es tener hombres y mujeres bien formados
doctrinalmente, sino poder contar con testigos vivientes del evangelio.
Creyentes en cuya vida se pueda ver la fuerza humanizadora y salvadora que
encierra el evangelio cuando es acogido con convicción y de manera responsable.
Los cristianos hemos confundido muchas veces la
evangelización con el deseo de que se acepte socialmente «nuestro
cristianismo». Las palabras de Jesús llamándonos a ser «sal de la tierra» y
«luz del mundo» nos obligan a hacernos preguntas muy graves.
¿Somos los creyentes una «buena noticia» para alguien? Lo que
se vive en nuestras comunidades cristianas, lo que se observa entre los
creyentes, ¿es «buena noticia» para la gente de hoy?
¿Ponemos los cristianos en la actual sociedad algo que dé
sabor a la vida, algo que purifique, sane y libere de la descomposición
espiritual y del egoísmo brutal e insolidario? ¿Vivimos algo que pueda iluminar
a las gentes en estos tiempos de incertidumbre, ofreciendo una esperanza y un
horizonte nuevo a quienes buscan salvación?