Mateo 3,13-17 (Bautismo
del Señor – A)
Por entonces viene Jesús desde Galilea al Jordán y se
presenta a Juan para que lo bautice. Pero Juan intentaba disuadirlo diciéndole:
«Soy yo el que necesito que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí?». Jesús le
contestó: «Déjalo ahora. Conviene que así cumplamos toda justicia». Entonces
Juan se lo permitió. Apenas se bautizó Jesús, salió del agua; se abrieron los
cielos y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre
él. Y vino una voz de los cielos que decía: «Este es mi Hijo amado, en quien me
complazco».
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José Antonio Pagola
EL ESPÍRITU BUENO DE DIOS
Jesús no es un hombre vacío ni disperso interiormente. No
actúa por aquellas aldeas de Galilea de manera arbitraria ni movido por
cualquier interés. Los evangelios dejan claro desde el principio que Jesús vive
y actúa movido por «el Espíritu de Dios».
No quieren que se le confunda con cualquier «maestro de la
ley», preocupado por introducir más orden en el comportamiento de Israel. No
quieren que se le identifique con un falso profeta, dispuesto a buscar un
equilibrio entre la religión del templo y el poder de Roma.
Los evangelistas quieren, además, que nadie lo equipare con
el Bautista. Que nadie lo vea como un simple discípulo y colaborador de aquel
gran profeta del desierto. Jesús es «el Hijo amado» de Dios. Sobre él
«desciende» el Espíritu de Dios. Solo él puede «bautizar» con Espíritu Santo.
Según toda la tradición bíblica, el «Espíritu de Dios» es el
aliento de Dios, que crea y sostiene la vida entera. La fuerza que Dios posee
para renovar y transformar a los vivientes. Su energía amorosa que busca
siempre lo mejor para sus hijos e hijas.
Por eso Jesús se siente enviado no a condenar, destruir o
maldecir, sino a curar, construir y bendecir. El Espíritu de Dios lo conduce a
potenciar y mejorar la vida. Lleno de ese «Espíritu» bueno de Dios, se dedica a
liberar a la gente de «espíritus malignos», que no hacen sino dañar, esclavizar
y deshumanizar.
Las primeras generaciones cristianas tenían muy claro lo que
había sido Jesús. Así resumían el recuerdo que dejó grabado en sus seguidores:
«Ungido por Dios con el Espíritu Santo… pasó por la vida haciendo el bien y
curando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él» (Hechos
de los Apóstoles 10,38).
¿Qué «espíritu» nos anima hoy a los seguidores de Jesús?
¿Cuál es la «pasión» que mueve a su Iglesia? ¿Cuál es la «mística» que hace
vivir y actuar a nuestras comunidades? ¿Qué estamos poniendo en el mundo? Si el
Espíritu de Jesús está en nosotros, viviremos «curando» a oprimidos, deprimidos
o reprimidos por el mal.
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