29/12/25

VIVIR SIN ACOGER LA LUZ

 Juan 1,1-18     (2 Domingo de Navidad – A)

En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios. Él estaba en el principio junto a Dios. Por medio de él se hizo todo, y sin él no se hizo nada de cuanto se ha hecho. En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. Y la luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no lo recibió. Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: este venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él. No era él la luz, sino el que daba testimonio de la luz. El Verbo era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre, viniendo al mundo. En el mundo estaba; | el mundo se hizo por medio de él, y el mundo no lo conoció. Vino a su casa, y los suyos no lo recibieron. Pero a cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre. Estos no han nacido de sangre, ni de deseo de carne, | ni de deseo de varón, sino que han nacido de Dios. Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad. Juan da testimonio de él y grita diciendo: «Este es de quien dije: el que viene detrás de mí se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo». Pues de su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia. Porque la ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad nos han llegado por medio de Jesucristo. A Dios nadie lo ha visto jamás: Dios unigénito, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer.

 

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José Antonio Pagola

VIVIR SIN ACOGER LA LUZ

Todos vamos cometiendo a lo largo de la vida errores y desaciertos. Calculamos mal las cosas. No medimos bien las consecuencias de nuestros actos. Nos dejamos llevar por el apasionamiento o la insensatez. Somos así. Sin embargo, no son esos los errores más graves. Lo peor es tener planteada la vida de manera errónea. Pongamos un ejemplo.
Todos sabemos que la vida es un regalo. No soy yo quien he decidido nacer. No me he escogido a mí mismo. No he elegido a mis padres ni mi pueblo. Todo me ha sido dado. Vivir es ya, desde su origen, recibir. La única manera de vivir sensatamente es acoger de manera responsable lo que se me da.
Sin embargo, no siempre pensamos así. Nos creemos que la vida es algo que se nos debe. Nos sentimos propietarios de nosotros mismos. Pensamos que la manera más acertada de vivir es organizarlo todo en función de nosotros mismos. Yo soy lo único importante. ¿Qué importan los demás?
Algunos no saben vivir sino exigiendo. Exigen y exigen siempre más. Tienen la impresión de no recibir nunca lo que se les debe. Son como niños insaciables, que nunca están contentos con lo que tienen. No hacen sino pedir, reivindicar, lamentarse. Sin apenas darse cuenta se convierten poco a poco en el centro de todo. Ellos son la fuente y la norma. Todo lo han de subordinar a su ego. Todo ha de quedar instrumentalizado para su provecho.
La vida de la persona se cierra entonces sobre sí misma. Ya no se acoge el regalo de cada día. Desaparece el reconocimiento y la gratitud. No es posible vivir con el corazón dilatado. Se sigue hablando de amor, pero «amar» significa ahora poseer, desear al otro, ponerlo a mi servicio.
Esta manera de enfocar la vida conduce a vivir cerrados a Dios. La persona se incapacita para acoger. No cree en la gracia, no se abre a nada nuevo, no escucha ninguna voz, no sospecha en su vida presencia alguna. Es el individuo quien lo llena todo. Por eso es tan grave la advertencia del evangelio de Juan: «La Palabra era luz verdadera que alumbra a todo hombre. Vino al mundo… y el mundo no la conoció. Vino a su casa, y los suyos no la recibieron». Nuestro gran pecado es vivir sin acoger la luz.



26/12/25

SEGUIR A JESÚS DESDE LA FAMILIA

 Mateo 2,13-15.19-23       (Sagrada Familia – A)

Cuando se marcharon los magos, el ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: «Levántate, coge al niño y a su madre y huye a Egipto; quédate allí hasta que yo te avise, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo.»
José se levantó, cogió al niño y a su madre, de noche, se fue a Egipto y se quedó hasta la muerte de Herodes. Así se cumplió lo que dijo el Señor por el profeta: «Llamé a mi hijo, para que saliera de Egipto.»
Cuando murió Herodes, el ángel del Señor se apareció de nuevo en sueños a José en Egipto y le dijo: «Levántate, coge al niño y a su madre y vuélvete a Israel; ya han muerto los que atentaban contra la vida del niño.»
Se levantó, cogió al niño y a su madre y volvió a Israel. Pero, al enterarse de que Arquelao reinaba en Judea como sucesor de su padre Herodes, tuvo miedo de ir allá. Y, avisado en sueños, se retiró a Galilea y se estableció en un pueblo llamado Nazaret. Así se cumplió lo que dijeron los profetas, que se llamaría Nazareno.
 
 
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José Antonio Pagola

SEGUIR A JESÚS DESDE LA FAMILIA

¿Es posible tomar juntos la decisión de seguir a Jesús en familia? No es fácil. Es una decisión que hay que preparar y madurar despacio, y respetando a todos, pues se trata de una decisión personal de cada uno. Son los padres creyentes los primeros responsables de crear un clima apropiado.

Desde el comienzo ha de quedar claro que seguir a Jesús no es copiar un modelo reproduciendo los rasgos de un Maestro del pasado de manera pasiva, infantil y sin creatividad alguna. Es una aventura mucho más apasionante. Los evangelios nunca hablan de imitar a Jesús, sino de seguirlo. Jesús no es un espejo, sino un camino. Jesús resucitado está vivo en medio de nosotros, en el centro de la familia. Más aún, su Espíritu está dentro de cada uno de nosotros, sosteniendo, alentando e inspirando nuestras vidas. Hemos de escuchar su llamada a seguirlo hoy de manera creativa, confiando siempre en su fuerza.

«Seguir a Jesús» es una metáfora tomada de la costumbre que tenía de caminar unos pasos por delante de sus discípulos. Por eso nos recuerda que el seguimiento a Jesús exige «dar pasos»: tomar una primera decisión, ponernos en camino, dejarnos guiar por el Evangelio, levantarnos cuando hemos caído, volvernos a orientar cuando nos hemos perdido... Para impulsar el seguimiento a Jesús con realismo creo que hemos de recuperar la lectura del evangelio en familia, primero entre los padres, luego, si es posible, con los hijos.

Los evangelios no son libros didácticos que exponen doctrina sobre Jesús. No son catecismos. Lo primero que se aprende en los evangelios es el estilo de vida de Jesús: su manera de estar en el mundo, su forma de hacer la vida más humana, su modo de pensar, de sentir, de amar, de sufrir.

Los evangelios fueron escritos para suscitar nuevos discípulos y seguidores. Son relatos que invitan a cambiar, a seguir de cerca a Jesús, a identificarnos con su causa, a colaborar con él abriendo caminos al reino de Dios. Por eso han de ser leídos, meditados y compartidos escuchando su llamada a entrar en un proceso de cambio y conversión.

No pensemos en algo muy complicado. Se trata de leer los relatos muy despacio, deteniéndonos en la persona de Jesús; fijándonos bien en qué dice y qué hace. Luego, entre todos, nos podemos ayudar a hacernos algunas preguntas: ¿qué verdad nos enseña o nos recuerda Jesús con su actuación? ¿A qué nos llama? ¿Cómo nos anima y alienta con sus palabras?

Una familia empieza a seguir de verdad a Jesús cuando comienza a introducir en casa la verdad del Evangelio. No hemos de tener miedo a poner nombre a las cosas. Hemos de atrevernos a discernir qué hay de verdad evangélica y qué hay de antievangélico en las costumbres de la familia, en la convivencia, en los gestos, en la manera de vivir. No para echarnos las culpas unos a otros, sino para animarnos a vivir al estilo de Jesús.



21/12/25

ACOGER A DIOS EN UN NIÑO

 Juan 1,1-18       (Natividad del Señor – A)

En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios. Él estaba en el principio junto a Dios. Por medio de él se hizo todo, y sin él no se hizo nada de cuanto se ha hecho. En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. Y la luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no lo recibió. Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: este venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él. No era él la luz, sino el que daba testimonio de la luz. El Verbo era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre, viniendo al mundo. En el mundo estaba; | el mundo se hizo por medio de él, y el mundo no lo conoció. Vino a su casa, y los suyos no lo recibieron. Pero a cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre. Estos no han nacido de sangre, ni de deseo de carne, | ni de deseo de varón, sino que han nacido de Dios. Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad. Juan da testimonio de él y grita diciendo: «Este es de quien dije: el que viene detrás de mí se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo». Pues de su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia. Porque la ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad nos han llegado por medio de Jesucristo. A Dios nadie lo ha visto jamás: Dios unigénito, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer. 

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José Antonio Pagola

ACOGER A DIOS EN UN NIÑO

La Navidad es mucho más que todo ese ambiente superficial y manipulado que se respira esos días en nuestras calles. Una fiesta mucho más honda y gozosa que los artilugios de nuestra sociedad de consumo. Los creyentes tenemos que recuperar de nuevo el corazón de esta fiesta y descubrir, detrás de tanta superficialidad y aturdimiento, el misterio que da origen a nuestra alegría.
No entenderemos la Navidad si no sabemos hacer silencio en nuestro corazón, abrir nuestra alma al misterio de un Dios que se nos acerca, acoger la vida que nos ofrece y saborear la fiesta de la llegada de un Dios Amigo.
En medio de nuestro vivir diario, a veces tan aburrido, apagado y triste, se nos invita a la alegría. «No puede haber tristeza cuando nace la vida» (san León Magno). No se trata de una alegría insulsa y superficial. La alegría de quienes están alegres sin saber por qué. «Nosotros tenemos motivos para el júbilo radiante, para la alegría plena y para la fiesta solemne: Dios se ha hecho hombre, y ha venido a habitar entre nosotros» (Leonardo Boff).
Hay una alegría que solo la pueden disfrutar quienes se abren a la cercanía de Dios y se dejan atraer por su ternura. Una alegría que nos libera de miedos y desconfianzas ante Dios. ¿Cómo temer a un Dios que se nos acerca como niño? ¿Cómo huir ante quien se nos ofrece como un pequeño frágil e indefenso? Dios no ha venido armado de poder para imponerse a los hombres. Se nos ha acercado en la ternura de un niño a quien podemos hacer sonreír o llorar.
Dios no es el Ser omnipotente y poderoso que a veces imaginamos los humanos, encerrado en la seriedad y el misterio de su mundo inaccesible. Dios es este niño entregado cariñosamente a la humanidad, este pequeño que busca nuestra mirada para alegrarnos con su sonrisa. El hecho de que Dios se haya hecho niño dice mucho más de cómo es Dios que todas nuestras cavilaciones y especulaciones sobre su misterio.
Si supiéramos detenernos en silencio ante este Niño y acoger desde el fondo de nuestro ser toda la cercanía y la ternura de Dios, quizá entenderíamos por qué el corazón de un creyente ha de estar transido de una alegría diferente: sencillamente porque Dios está con nosotros.