Juan 6,51-58 (Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo – A)
Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de
este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne por la vida del
mundo». Disputaban los judíos entre sí: «¿Cómo puede este darnos a comer
su carne?». Entonces Jesús les dijo: «En verdad, en verdad os digo: si no
coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en
vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo
resucitaré en el último día. Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es
verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo
en él. Como el Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre, así,
del mismo modo, el que me come vivirá por mí. Este es el pan que ha bajado
del cielo: no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron; el que
come este pan vivirá para siempre»
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EL NUEVO DOMINGO
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El domingo ya no es lo que era hace unos años. En poco
tiempo ha crecido y se ha convertido en el «fin de semana», que comienza ya el
viernes por la tarde y en el que la mayoría puede vivir de manera diferente,
escapando de las obligaciones del trabajo, de los horarios impuestos y de la
rutina diaria.
No todos vivimos el fin de semana de la misma manera. Para
algunos es una verdadera suerte: tienen iniciativa, posibilidades y amigos para
disfrutar esos días. Para otros es un tiempo cruel, pues sienten con más fuerza
su soledad, enfermedad o vejez; el domingo solo despierta en ellos tristeza y
nostalgia. Otros temen el domingo, no saben qué hacer con él, se aburren; si no
hubiera fútbol sería insoportable.
Teólogos y liturgistas se preguntan hoy cómo será en el
futuro el domingo cristiano. ¿Se reducirá a una celebración de la misa aislada
y sin conexión alguna con el fin de semana de la gente? Por el contrario, «¿no
será posible –se pregunta Xabier Basurko– una integración dinámica de los
valores humanos del fin de semana en la mística del domingo?». El liturgista
vasco nos ofrece algunas pistas.
El domingo cristiano puede ser el alma del fin de semana,
que ayude a los creyentes a experimentar mejor su libertad de hijos de Dios,
sin imposiciones ni fines utilitaristas. La eucaristía podría ayudar a
recuperar el sosiego y reavivar el aliento interior. El fin de semana podemos
ser un poco más «nosotros mismos».
Por otra parte, se podría recuperar el sábado como fiesta de
la creación; de esta manera se podría proseguir el domingo con la celebración
de la salvación. Así piensan algunos liturgistas. La fe ayudaría entonces a
vivir el fin de semana como una celebración al Creador y un encuentro con la
naturaleza, no a través del trabajo, sino del disfrute y la contemplación.
Por último, la celebración de la «asamblea eucarística»
puede dar un sentido más hondo a esa otra dimensión del fin de semana, que es
la comunicación entrañable y gratificante con amigos y familiares, o el
encuentro con otras personas y otros pueblos. El fin de semana puede ser
experiencia de encuentro y comunión de hermanos. ¿Crecerá el domingo cristiano
hasta ser «fermento y sal» del fin de semana de la actual cultura? En cualquier
caso, podemos hacernos una pregunta: ¿sabemos los cristianos extraer de la
eucaristía dominical aliento y alegría para vivir el nuevo domingo?
José Antonio
Pagola