Juan 15,9-17
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: "Como el
Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor. Si guardáis mis
mandamientos, permaneceréis en mi amor; lo mismo que yo he guardado los
mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Os he hablado de esto para
que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud. Éste es
mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado. Nadie tiene amor
más grande que el que da la vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos, si
hacéis lo que yo os mando. Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo
que hace su señor: a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi
Padre os lo he dado a conocer. No sois vosotros los que me habéis elegido, soy
yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y
vuestro fruto dure. De modo que lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo dé.
Esto os mando: que os améis unos a otros."
******#*******
José Antonio Pagola
El evangelista Juan pone en boca de Jesús un largo discurso
de despedida en el que se recogen, con una intensidad especial, algunos rasgos
fundamentales que han de recordar sus discípulos a lo largo de los tiempos para
ser fieles a su persona y a su proyecto. También en nuestros días.
«Permaneced en mi amor». Es lo primero. No se trata
solo de vivir en una religión, sino de vivir en el amor con que nos ama Jesús,
el amor que recibe del Padre. Ser cristiano no es en primer lugar un asunto
doctrinal, sino una cuestión de amor. A lo largo de los siglos, los discípulos
conocerán incertidumbres, conflictos y dificultades de todo orden. Lo
importante será siempre no desviarse del amor.
Permanecer en el amor de Jesús no es algo teórico ni vacío
de contenido. Consiste en «guardar sus mandamientos», que él mismo
resume enseguida en el mandato del amor fraterno: «Este es mi mandamiento;
que os améis unos a otros como yo os he amado». El cristiano encuentra en
su religión muchos mandamientos. Su origen, su naturaleza y su importancia son
diversos y desiguales. Con el paso del tiempo, las normas se multiplican. Solo
del mandato del amor dice Jesús: «Este mandato es el mío». En cualquier
época y situación, lo decisivo para el cristianismo es no salirse del amor
fraterno.
Jesús no presenta este mandato del amor como una ley que ha
de regir nuestra vida haciéndola más dura y pesada, sino como una fuente de
alegría: «Os hablo de esto para que mi alegría esté en vosotros y vuestra
alegría llegue a plenitud». Cuando entre nosotros falta verdadero amor, se
crea un vacío que nada ni nadie puede llenar de alegría.
Sin amor no es posible dar pasos hacia un cristianismo más
abierto, cordial, alegre, sencillo y amable donde podamos vivir como «amigos»
de Jesús, según la expresión evangélica. No sabremos cómo generar alegría. Aún
sin quererlo, seguiremos cultivando un cristianismo triste, lleno de quejas,
resentimientos, lamentos y desazón.
A nuestro cristianismo le falta, con frecuencia, la
alegría de lo que se hace y se vive con amor. A nuestro seguimiento a
Jesucristo le falta el entusiasmo de la innovación, y le sobra la tristeza de
lo que se repite sin la convicción de estar reproduciendo lo que Jesús quería
de nosotros.
No hay comentarios:
Publicar un comentario