Mateo 10,37-42 (13 Tiempo ordinario – A)
El que quiere a su
padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a
su hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no carga con su cruz y
me sigue, no es digno de mí. El que encuentre su vida la perderá, y el que
pierda su vida por mí, la encontrará. El que os recibe a vosotros, me
recibe a mí, y el que me recibe, recibe al que me ha enviado; el que
recibe a un profeta porque es profeta, tendrá recompensa de profeta; y el que
recibe a un justo porque es justo, tendrá recompensa de justo. El que dé a
beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños,
solo porque es mi discípulo, en verdad os digo que no perderá su recompensa».
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APRENDER A DAR
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A veces no es tan fácil responder a las preguntas más
sencillas. Hemos oído decir con frecuencia que amar es dar. Pero ¿qué es dar?
Muchos suponen que dar es solo privarse de algo, renunciar a algo,
«sacrificarse» desprendiéndose de algo. Estamos tan condicionados por nuestra
sociedad del bienestar y tan inclinados a poseer, acumular y ganar, que «dar»
nos parece algo improductivo. Un empobrecimiento que no estamos dispuestos a
aceptar. En nuestra sociedad, quien da sin recibir es una persona poco práctica,
sin sentido realista, poco inteligente.
Sin embargo, dar es algo totalmente distinto. El gesto de dar
es la expresión más rica de vitalidad, riqueza y poder creador. Cuando damos
algo de verdad, nos experimentamos a nosotros mismos llenos de vida,
desbordantes, con capacidad de enriquecer a otros, aunque sea en grado muy
modesto. «Solo el amor hace que la vida merezca ser vivida. Solo la ayuda a los
demás procura la gran alegría de vivir» (Karl Tillmann).
Dar significa estar vivo y ser rico. El que tiene mucho y no
sabe dar, no es rico. Es un hombre pequeño, impotente, empobrecido, por mucho
que posea. En realidad, solo es rico quien es capaz de regalar algo de sí mismo
a los demás.
Necesitamos todos escuchar con más atención y hondura las
palabras de Jesús. No quedará sin recompensa ni siquiera el vaso de agua fresca
que sepamos dar a un pobre sediento. Hemos de aprender a regalar lo que está
vivo en nosotros y puede hacer bien a los demás; dar nuestra alegría,
comprensión, aliento, esperanza, acogida o cercanía.
Muchas veces no se trata de cosas grandes ni espectaculares.
Sencillamente, «un vaso de agua fresca»: una sonrisa acogedora, una escucha sin
prisas, una ayuda a levantar el ánimo decaído, un gesto de solidaridad, una
visita, un signo de apoyo y amistad. No lo olvidemos. En el fondo de la vida
hay alguien que bendice, acoge y recompensa todo gesto de amor, por pequeño que
nos pueda parecer. Se llama Dios, nuestro Padre.
José Antonio
Pagola

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