Mateo 13,44-52 (17
Tiempo ordinario – A)
El reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el
campo: el que lo encuentra, lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, va a
vender todo lo que tiene y compra el campo. El reino de los cielos se
parece también a un comerciante de perlas finas, que al encontrar una de
gran valor se va a vender todo lo que tiene y la compra. El reino de los
cielos se parece también a la red que echan en el mar y recoge toda clase de
peces: cuando está llena, la arrastran a la orilla, se sientan y reúnen
los buenos en cestos y los malos los tiran. Lo mismo sucederá al final de
los tiempos: saldrán los ángeles, separarán a los malos de los buenos y
los echarán al horno de fuego. Allí será el llanto y el rechinar de dientes. ¿Habéis
entendido todo esto?». Ellos le responden: «Sí». Él les dijo: «Pues bien,
un escriba que se ha hecho discípulo del reino de los cielos es como un padre
de familia que va sacando de su tesoro lo nuevo y lo antiguo».
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BUSCAR A DIOS
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Los estudios sociológicos dicen que la crisis religiosa se va
deslizando en Europa hacia una «indiferencia» cada vez mayor. Una indiferencia
tranquila, ajena a todo planteamiento sobre Dios. Sin embargo, son cada vez más
los que, movidos por una cierta «nostalgia de Dios», sienten la necesidad de
buscar «algo diferente», una manera nueva de creer en él. ¿Cómo buscar a Dios?
Sin duda, cada uno ha de partir de su propia experiencia. No
hay que copiar a otros. No hay que hacer nada forzado ni postizo. Cada uno
conoce sus propios deseos y miserias, sus vacíos y sus miedos. Cada uno sabe su
«necesidad» de Dios. Su voz no calla nunca. No grita con los labios, pero nos
susurra al corazón.
Por eso precisamente no basta buscar a Dios por fuera: en los
libros, las discusiones o el debate. Una cosa es «discutir de religión» y otra
muy distinta buscar a Dios con sincero corazón. Uno mismo se da cuenta cuándo
está huyendo de Dios y cuándo lo está buscando de verdad. San Agustín decía
así: «No te desparrames. Concéntrate en tu intimidad. La verdad reside en el
hombre interior».
Buscar a Dios exige esfuerzo, pero encontrarse con él no es
nunca resultado de un voluntarismo fanático ni de una ascesis crispada. Dios es
un regalo, y lo importante es acogerlo con «simplicidad de alma». Recordemos la
reflexión de la vieja priora en el Diálogo de carmelitas de Georges Bernanos:
«Una vez salidos de la infancia, hay que sufrir mucho para volver a ella, como
solo después de una larga noche vuelve a aparecer de nuevo la aurora. ¿He
vuelto yo a ser de nuevo niño?».
No es lo más acertado buscar a Dios apoyándonos solo en las
propias intuiciones. Hay muchas formas de engañarse o de andar dando vueltas
sobre uno mismo, sobre nuestros sentimientos e ideas. Por eso es mejor
compartir y contrastar la propia experiencia con alguien que nos pueda guiar
desde su vivencia de Dios. Ese mutuo compartir puede ser el mejor estímulo para
seguir buscándolo.
En su parábola del «tesoro escondido en el campo», Jesús
habla del hombre que, «lleno de alegría», vende todo lo que tiene por hacerse
con el tesoro. Buscar a Dios no produce tristeza ni amargura; al contrario,
genera alegría y paz, porque la persona comienza a descubrir dónde está la
verdadera felicidad. Recordemos a san Agustín: «Solo lo que hace bueno al
hombre puede hacerlo feliz».
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