12/1/26

AMAR LA VIDA

 Juan 1,29-34       (2 Tiempo ordinario – A)


Al día siguiente, al ver Juan a Jesús que venía hacia él, exclamó: «Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. 
Este es aquel de quien yo dije: “Tras de mí viene un hombre que está por delante de mí, porque existía antes que yo”. Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar con agua, para que sea manifestado a Israel».
 Y Juan dio testimonio diciendo: «He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: “Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ese es el que bautiza con Espíritu Santo”. Y yo lo he visto y he dado testimonio de que este es el Hijo de Dios».

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 AMAR LA VIDA

La gente no quiere oír hablar de espiritualidad, porque no sabe lo que encierra esta palabra; ignora que significa más que religiosidad, y que no se identifica con lo que tradicionalmente se entiende por piedad. «Espiritualidad» quiere decir vivir una «relación vital» con el Espíritu de Dios, y esto solo es posible cuando se experimenta a Dios como «fuente de vida» en cada experiencia humana.
Como ha expuesto Jürgen Moltmann, vivir en contacto con el Espíritu de Dios «no conduce a una espiritualidad que prescinde de los sentidos, vuelta hacia dentro, enemiga del cuerpo, apartada del mundo, sino a una nueva vitalidad del amor a la vida». Frente a lo muerto, lo petrificado o lo insensible, el Espíritu despierta siempre el amor a la vida. Por eso, vivir «espiritualmente» es «vivir contra la muerte», afirmar la vida a pesar de la debilidad, el miedo, la enfermedad o la culpa. Quien vive abierto al Espíritu de Dios vibra con todo lo que hace crecer la vida y se rebela contra lo que la hace daño y la mata.
Este amor a la vida genera una alegría diferente, enseña a vivir de manera amistosa y abierta, en paz con todos, dándonos vida unos a otros, acompañándonos en la tarea de hacernos la vida más digna y dichosa. A esta energía vital que el Espíritu infunde en la persona, Jürgen Moltmann se atreve a llamar «energía erotizante», pues hace vivir de manera gozosa, atractiva y seductora.
Esta experiencia espiritual dilata el corazón: comenzamos a sentir que nuestras expectativas y anhelos más hondos se mezclan con las promesas de Dios; nuestra vida finita y limitada se abre a lo infinito. Entonces descubrimos también que «santificar la vida» no es moralizarla, sino vivirla desde el Espíritu Santo, es decir, verla y amarla como Dios la ve y la ama: buena, digna y bella, abierta a la felicidad eterna.
Esta es, según el Bautista, la gran misión de Cristo: «bautizarnos con Espíritu Santo», enseñarnos a vivir en contacto con el Espíritu. Solo esto nos puede liberar de una manera triste y raquítica de entender y vivir la fe en Dios.
 
 

5/1/26

EL ESPÍRITU BUENO DE DIOS

 Mateo 3,13-17        (Bautismo del Señor – A)


Por entonces viene Jesús desde Galilea al Jordán y se presenta a Juan para que lo bautice. Pero Juan intentaba disuadirlo diciéndole: «Soy yo el que necesito que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí?». Jesús le contestó: «Déjalo ahora. Conviene que así cumplamos toda justicia». Entonces Juan se lo permitió. Apenas se bautizó Jesús, salió del agua; se abrieron los cielos y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él. Y vino una voz de los cielos que decía: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco».

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José Antonio Pagola

EL ESPÍRITU BUENO DE DIOS
Jesús no es un hombre vacío ni disperso interiormente. No actúa por aquellas aldeas de Galilea de manera arbitraria ni movido por cualquier interés. Los evangelios dejan claro desde el principio que Jesús vive y actúa movido por «el Espíritu de Dios».
No quieren que se le confunda con cualquier «maestro de la ley», preocupado por introducir más orden en el comportamiento de Israel. No quieren que se le identifique con un falso profeta, dispuesto a buscar un equilibrio entre la religión del templo y el poder de Roma.
Los evangelistas quieren, además, que nadie lo equipare con el Bautista. Que nadie lo vea como un simple discípulo y colaborador de aquel gran profeta del desierto. Jesús es «el Hijo amado» de Dios. Sobre él «desciende» el Espíritu de Dios. Solo él puede «bautizar» con Espíritu Santo.
Según toda la tradición bíblica, el «Espíritu de Dios» es el aliento de Dios, que crea y sostiene la vida entera. La fuerza que Dios posee para renovar y transformar a los vivientes. Su energía amorosa que busca siempre lo mejor para sus hijos e hijas.
Por eso Jesús se siente enviado no a condenar, destruir o maldecir, sino a curar, construir y bendecir. El Espíritu de Dios lo conduce a potenciar y mejorar la vida. Lleno de ese «Espíritu» bueno de Dios, se dedica a liberar a la gente de «espíritus malignos», que no hacen sino dañar, esclavizar y deshumanizar.
Las primeras generaciones cristianas tenían muy claro lo que había sido Jesús. Así resumían el recuerdo que dejó grabado en sus seguidores: «Ungido por Dios con el Espíritu Santo… pasó por la vida haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él» (Hechos de los Apóstoles 10,38).
¿Qué «espíritu» nos anima hoy a los seguidores de Jesús? ¿Cuál es la «pasión» que mueve a su Iglesia? ¿Cuál es la «mística» que hace vivir y actuar a nuestras comunidades? ¿Qué estamos poniendo en el mundo? Si el Espíritu de Jesús está en nosotros, viviremos «curando» a oprimidos, deprimidos o reprimidos por el mal.

 

 

2/1/26

¿A QUIÉN ADORAMOS?

 Mateo 2,1-12       (Epifanía del Señor – A)

Habiendo nacido Jesús en Belén de Judea en tiempos del rey Herodes, unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén preguntando: «¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo». Al enterarse el rey Herodes, se sobresaltó y toda Jerusalén con él; convocó a los sumos sacerdotes y a los escribas del país, y les preguntó dónde tenía que nacer el Mesías. Ellos le contestaron: «En Belén de Judea, porque así lo ha escrito el profeta: “Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres ni mucho menos la última de las poblaciones de Judá, pues de ti saldrá un jefe que pastoreará a mi pueblo Israel”». Entonces Herodes llamó en secreto a los magos para que le precisaran el tiempo en que había aparecido la estrella, y los mandó a Belén, diciéndoles: «Id y averiguad cuidadosamente qué hay del niño y, cuando lo encontréis, avisadme, para ir yo también a adorarlo». Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino y, de pronto, la estrella que habían visto salir comenzó a guiarlos hasta que vino a pararse encima de donde estaba el niño. Al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron; después, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra. Y habiendo recibido en sueños un oráculo, para que no volvieran a Herodes, se retiraron a su tierra por otro camino.

 

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José Antonio Pagola

¿A QUIÉN ADORAMOS?

Los magos vienen del «Oriente», un lugar que evoca en los judíos la patria de la astrología y de otras ciencias extrañas. Son paganos. No conocen las Escrituras Sagradas de Israel, pero sí el lenguaje de las estrellas. Buscan la verdad y se ponen en marcha para descubrirla. Se dejan guiar por el misterio, sienten necesidad de «adorar».

Su presencia provoca un sobresalto en todo Jerusalén. Los magos han visto brillar una estrella nueva que les hace pensar que ya ha nacido «el rey de los judíos» y vienen a «adorarlo». Este rey no es Augusto. Tampoco Herodes. ¿Dónde está? Esta es su pregunta.

Herodes se «sobresalta». La noticia no le produce alegría alguna. Él es quien ha sido designado por Roma «rey de los judíos». Hay que acabar con el recién nacido: ¿Dónde está ese rival extraño? Los «sumos sacerdotes y letrados» conocen las Escrituras y saben que ha de nacer en Belén, pero no se interesan por el niño ni se ponen en marcha para adorarlo.

Esto es lo que encontrará Jesús a lo largo de su vida: hostilidad y rechazo en los representantes del poder político; indiferencia y resistencia en los dirigentes religiosos. Solo quienes buscan el reino de Dios y su justicia lo acogerán.

Los magos prosiguen su larga búsqueda. A veces, la estrella que los guía desaparece dejándolos en la incertidumbre. Otras veces, brilla de nuevo llenándolos de «inmensa alegría». Por fin se encuentran con el Niño y, «cayendo de rodillas, lo adoran». Después, ponen a su servicio las riquezas que tienen y los tesoros más valiosos que poseen. Este Niño puede contar con ellos pues lo reconocen como su Rey y Señor.

En su aparente ingenuidad, este relato nos plantea preguntas decisivas: ¿Ante quién nos arrodillamos nosotros? ¿Cómo se llama el «dios» que adoramos en el fondo de nuestro ser? Nos decimos cristianos, pero ¿vivimos adorando al Niño de Belén? ¿Ponemos a sus pies nuestras riquezas y nuestro bienestar?¿Estamos dispuestos a escuchar su llamada a entrar en el reino de Dios y su justicia?

En nuestras vidas siempre hay alguna estrella que nos guía hacia Belén.