Lucas 6, 39-45
En aquel tiempo, dijo Jesús a los discípulos una parábola:«¿Acaso puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en el hoyo? No está el discípulo sobre su maestro, si bien, cuando termine su aprendizaje, será como su maestro. ¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo? ¿Cómo puedes decirle a tu hermano: “Hermano, déjame que te saque la mota del ojo”, sin fijarte en la viga que llevas en el tuyo? ¡Hipócrita! Sácate primero la viga de tu ojo, y entonces verás claro para sacar la mota del ojo de tu hermano.
Pues no hay árbol bueno que dé fruto malo, ni árbol malo que dé fruto bueno; por ello, cada árbol se conoce por su fruto; porque no se recogen higos de las zarzas, ni se vendimian racimos de los espinos.
El hombre bueno, de la bondad que atesora en su corazón saca el bien, y el que es malo, de la maldad saca el mal; porque de lo que rebosa el corazón habla la boca».
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José Antonio Pagola
Nuestros pueblos y ciudades ofrecen hoy un clima poco
propicio a quien quiera buscar un poco de silencio y paz para encontrarse
consigo mismo y con Dios. No es fácil liberarnos del ruido permanente y del
asedio constante de todo tipo de llamadas y mensajes. Por otra parte, las
preocupaciones, problemas y prisas de cada día nos llevan de una parte a otra,
sin apenas permitirnos ser dueños de nosotros mismos.
Ni siquiera en el propio hogar, invadido por la televisión y
escenario de múltiples tensiones, es fácil encontrar el sosiego y recogimiento
indispensables para encontrarnos con nosotros mismos o para descansar
gozosamente ante Dios.
Pues bien, precisamente, en estos momentos en que
necesitamos más que nunca lugares de silencio, recogimiento y oración, los
creyentes mantenemos con frecuencia cerrados nuestros templos e iglesias
durante buena parte del día.
Se nos ha olvidado lo que es detenernos, interrumpir por
unos minutos nuestras prisas, liberarnos por unos momentos de nuestras
tensiones y dejarnos penetrar por el silencio y la calma de un recinto sagrado.
Muchos hombres y mujeres se sorprenderían al descubrir que, con frecuencia,
basta pararse y estar en silencio un cierto tiempo, para aquietar el espíritu y
recuperar la lucidez y la paz.
Cuánto necesitamos los hombres y mujeres de hoy encontrar
ese silencio que nos ayude a entrar en contacto con nosotros mismos para
recuperar nuestra libertad y rescatar de nuevo toda nuestra energía interior.
Acostumbrados al ruido y a la agitación, no sospechamos el
bienestar del silencio y la soledad. Ávidos de noticias, imágenes e
impresiones, se nos ha olvidado que solo nos alimenta y enriquece de verdad
aquello que somos capaces de escuchar en lo más hondo de nuestro ser.
Sin ese silencio interior, no se puede escuchar a Dios,
reconocer su presencia en nuestra vida y crecer desde dentro como seres humanos
y como creyentes. Según Jesús, la persona «saca el bien de la bondad que
atesora en su corazón». El bien no brota de nosotros espontáneamente. Lo hemos
de cultivar y hacer crecer en el fondo del corazón. Muchas personas comenzarían
a transformar su vida si acertaran a detenerse para escuchar todo lo bueno que
Dios suscita en el silencio de su corazón.
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